A todas las familias, jugadores, jugadoras, voluntarios, voluntarias y personas que habéis formado parte de La Torre durante todos estos años:
Llevo mucho tiempo pensando cómo escribir estas palabras. Probablemente porque no es fácil despedirse de un lugar que ha formado parte de tu vida durante veinte años.
Llegué a La Torre siendo un niño que simplemente quería jugar al baloncesto. Con el tiempo pasé a ser entrenador y voluntario y, en los últimos años, tuve la responsabilidad de coordinar el proyecto deportivo y social. En cada una de esas etapas he crecido, he aprendido y he conocido a personas que han marcado mi vida. Y quizá una de las cosas más bonitas de todo este recorrido haya sido tener la oportunidad de devolver, desde otro lugar, una pequeña parte de todo aquello que un día recibí.
Porque si algo aprendí muy pronto en La Torre es que aquí el baloncesto nunca fue lo más importante.
Entrenábamos para mejorar y salíamos a competir queriendo ganar, claro. Celebrábamos las victorias y nos fastidiaban las derrotas. Pero el resultado nunca fue la medida de nuestro éxito.
Lo importante sucedía muchas veces alrededor de la pista.
Estaba en aprender a convivir con personas diferentes a ti. En ayudar al compañero que lo estaba pasando mal. En entender que todos tenían su sitio independientemente de lo buenos que fueran jugando al baloncesto. En aprender a comprometerse, a respetar, a escuchar, a participar, a equivocarse y volver a intentarlo. En saber que detrás de cada jugador o jugadora había una persona, una familia y una realidad diferente que también debíamos acompañar.
Durante veinte años he visto cómo un balón podía convertirse en la excusa para construir algo muchísimo más grande.
Eso es La Torre que yo conocí. Eso es lo que yo aprendí aquí y eso es lo que, cuando me tocó estar al otro lado, intenté transmitir.
Por eso quiero que estas palabras sean, sobre todo, de agradecimiento.
Gracias a todas las familias que durante estos años habéis confiado en mí y en nuestro trabajo para acompañar a vuestros hijos e hijas. Gracias por las conversaciones, por la confianza y por compartir conmigo preocupaciones, alegrías y momentos que muchas veces iban mucho más allá de una pista de baloncesto.
Gracias a todos los chicos y chicas con los que he tenido la suerte de coincidir. A quienes entrené, a quienes acompañé desde la coordinación y a quienes simplemente me fui encontrando por el camino. Seguramente vosotros no seáis conscientes de todo lo que me habéis enseñado a mí.
Y gracias al voluntariado y a todas las personas con las que he compartido estos años. Si La Torre ha podido ser durante tanto tiempo ese lugar especial para tantos chicos y chicas ha sido, en gran medida, gracias a personas que han decidido regalar sus tardes, sus fines de semana, su energía y su cariño porque creían que merecía la pena estar ahí.
También quiero explicar por qué escribo esta carta.
Me habría gustado no tener que escribir esta carta. Me habría gustado poder despedirme personalmente, compartir unas últimas palabras con tantas personas que han formado parte de mi vida durante estos años y dar las gracias como creo que merecía una etapa de veinte años.
No he tenido esa oportunidad.
Mi salida de La Torre no ha sido una decisión mía. La asociación decidió no continuar contando conmigo y la forma en la que se produjo esa salida me impidió despedirme de muchas de las personas con las que había compartido tantos años. Fue una decisión que consideré injusta desde el primer momento y que decidí defender por las vías correspondientes. Hoy, con todo ese proceso ya terminado y con mi despido reconocido como improcedente, puedo cerrar esa parte y despedirme como me habría gustado hacerlo entonces.
No quiero convertir esta carta en un relato de reproches ni entrar en cuestiones que pertenecen a otro ámbito. Pero tampoco quiero fingir que la manera en la que terminó todo me resultó indiferente.
Me ha dolido.
Sobre todo porque durante veinte años aprendí aquí que cuidar a las personas era más importante que cualquier resultado.
Aprendí que había que escuchar. Que los conflictos se afrontaban hablando. Que todas las personas merecían ser tratadas con respeto. Que acompañar también significaba estar cuando las cosas se complicaban. Y que el buen trato no era solamente algo que debíamos enseñar a los chicos y chicas, sino una responsabilidad que teníamos quienes formábamos parte del proyecto.
Por eso me ha resultado especialmente difícil reconocer esos valores en la manera en la que se ha cerrado mi etapa.
Y creo que merece la pena decirlo precisamente porque sigo creyendo en ellos.
Las entidades que trabajamos con infancia y adolescencia tenemos una responsabilidad enorme. Los valores no pueden quedarse escritos en un proyecto, en una página web o en una actividad. Tenemos que intentar practicarlos también entre los adultos, cuando existen diferencias, cuando aparecen conflictos y, especialmente, cuando toca tomar decisiones difíciles.
Porque los chicos y chicas aprenden muchísimo más de lo que nos ven hacer que de aquello que les decimos que deben hacer.
Y si durante todos estos años les hemos enseñado que una persona vale más que un resultado, creo que quienes tenemos la responsabilidad de acompañarlos debemos ser los primeros en demostrarlo.
Después de veinte años, sería profundamente injusto permitir que la forma en la que han terminado los últimos días borrase todo lo anterior.
Yo no quiero quedarme con eso.
Quiero quedarme con los entrenamientos, los partidos y todo lo que pasaba antes y después de que botara el balón. Con los campamentos, los viajes, las actividades y las reuniones interminables. Con las celebraciones y también con los momentos difíciles. Con quienes llegaron siendo niños y hoy son adultos. Con quienes un día fueron jugadores y después decidieron quedarse para acompañar a otros, igual que hice yo. Con las familias que confiaron. Con los compañeros y voluntarios que estuvieron cuando las cosas no eran fáciles.
Quiero quedarme con cada chico y cada chica que encontró en La Torre un sitio en el que sentirse parte de algo.
Porque al final creo que de eso iba todo esto.
No de formar mejores jugadores de baloncesto.
De ayudar, entre todos, a formar personas.
A los chicos y chicas solo puedo deciros una última cosa: seguid disfrutando, seguid haciendo equipo, seguid participando y seguid cuidándoos unos a otros. Ganaréis partidos y perderéis muchos otros, pero dentro de unos años seguramente no recordaréis el resultado de casi ninguno. Lo que sí recordaréis serán las personas con las que los compartisteis y cómo os hicieron sentir.
Yo me voy de La Torre, pero La Torre forma parte de quien soy y siempre lo hará.
Llegué hace veinte años siendo un niño que quería jugar al baloncesto.
Me voy siendo la persona que, en buena parte, aprendí a ser allí.
Y quizá ese sea el mejor resumen de todo lo que La Torre ha significado para mí.
Gracias por estos veinte años.
Gracias por haberme dejado crecer con vosotros y, después, por haberme permitido acompañar vuestro crecimiento.